sábado, 6 de noviembre de 2010

Sentir la planta de los pies

Sentir la planta de los pies: es algo que inconcientemente no hago y por eso tengo que recordarme hacerlo. Al comienzo es algo muy mental, mi cabeza tiene que ordenarme hacerlo y de ahí comienzo a sentir lo que venga. Me cuesta, pero a ratos me despierto y siento mi cuerpo, los olores, colores y texturas. Me conecto con la fragancia de las flores cuando paso al lado de un jardín y veo, sí, observo los árboles como han empezado a brotar con la primavera y se empiezan a ver más verdes, con flores o frutos. Percibo las formas de las hojas, las texturas, algunas más suaves y otras más toscas. Los colores también resaltan, veo las flores con sus colores vivos y las hojas de los árboles con verdes intensos.

Me he ido fijando también en las personas que pasan a mi lado o que están a mi alrededor. Veo sus caras, sus expresiones y me parece sentir muchas veces su enojo o preocupación. Veo sus ojos, sus miradas, sus formas de caminar. Lo que me hace automáticamente observarme a mí, ¿cómo estoy caminando?, ¿qué expresión llevo en mi cara?, ¿cómo está mi cuerpo?, ¿estoy con los hombros tensos?, ¿ceño fruncido?, ¿apreto los dientes?

También cuando voy en el metro o en la micro, observo, escucho, siento la temperatura y qué me produce. Me fijo en qué sensaciones me pasan cuando voy apretada o va mucha gente a mi lado. Siento incomodidad, no me agrada ir así, otras veces voy así de apretada y no me doy cuenta.

Algo que me cuesta hacer todavía es escuchar mi voz, no sé por qué, a lo mejor me desagrada, pero es una de las cosas que no he podido probar mucho. Lo que sí he estado experimentando es el “saborear”. Claro que es algo que tengo que recordarme porque se me olvida y cuando me acuerdo ya terminé de comer. A veces también lo hago sin estar comiendo algo, sino que siento mi paladar, el sabor, pero olvido para qué lo hago. Cuando estoy comiendo siento los sabores ácido, picante, amargo, dulce, lo cual no es fácil de hacer porque estoy siempre pendiente del próximo bocado. Entonces me vuelvo a decir “saborea”. Algunas veces he comenzado a sentir más que los sabores, como por ejemplo las texturas, más duras o más blandas, con puntas o suaves, etc.

Al momento de nadar tengo que “obligarme” a estar atenta. Hay muchas variables que atender, como la respiración, el movimiento, el sonido y la velocidad. Me doy cuenta cuando estoy pendiente, que si hay gente detrás de mí, tiendo a apurarme y pierdo fácilmente el control de todo: de la respiración, por lo tanto trago agua; del movimiento y empiezo a apurar las brazadas, cosa que me afecta inmediatamente la musculatura, quedo adolorida, me viene un tirón y tengo que parar. Y por otro lado, pierdo toda la armonía, me canso inmediatamente y debo parar. Cuando estoy consciente de la respiración y atenta a cada movimiento en forma fluida, sale todo más armonioso, puedo aguantar más tiempo bajo el agua sin desesperarme ni la necesidad loca de tomar aire. Siento el agua fluir por mi cara y cómo me sostiene. Me siento bien, protegida por esa masa de agua, bien contenida. Pero basta que me desconcentre por alguien que nada en la pista de al lado para salir de mi centro y desesperarme.

El ejercicio de estar presente y “sentirme” al saludar lo he podido aplicar y me es más fácil. Con algunas personas siento que me pongo tensa, con otros más relajada, al menos siento que estoy más despierta cuando saludo a otra persona y no como ocurre muchas veces que es algo tan automático que casi ni te acuerdas. Este “estar alerta” en este momento del saludo me permite escuchar al otro y no preguntar como una máquina o responder sin escuchar la pregunta. Me doy el tiempo para escuchar, que es algo que me cuesta hacer, porque la mayoría de las veces estoy pensando en qué decir, sin escuchar al otro.

Por otra parte, cuando he practicado la “meditación para estar presente”, me han ido pasando distintas cosas. La primera vez mi reacción fue la emoción. Sentí muchas ganas de llorar, mucha angustia y me quedé pegada con esa emoción al sentir la música, mi pecho se apretaba más y mi respiración se aceleraba, hacía el movimiento con mis brazos, mirando mi mano pero dándole toda la atención a la angustia y con unas ganas locas de salir de ahí y llorar tranquila.

La segunda vez que hice la meditación, sentí lo mismo al comienzo, la misma angustia, el pecho oprimido y ganas de llorar. Me caían las lágrimas y cuando mi mente me decía ¡ya para! y anda a llorar, deja de hacer esto, me concentré en el movimiento , miraba mi mano, sentí la respiración y pude también observar mi emoción, esa angustia, de otra forma, comencé a sentir la fluidez del movimiento y me imaginaba que estaba yo como una niñita y con la palma de mi mano me acariciaba, me veía a mi misma como a una pequeña niña y con dulzura, con mucho amor la acariciaba cada vez que estiraba mi brazo y traía ese amor, esa dulzura a mi pecho, a mi corazón. Y de repente sentí como que danzaba, fluía, a pesar de marearme cuando la música se aceleraba, pero ahí seguía yo, observando este movimiento fluido, con gracia. Me parecía estar nadando.

La tercera vez que practiqué la meditación, me costó concentrarme, estaba distraída. En algún momento comencé a conectarme con las personas que estaban a mi lado, al frente y atrás, y sentía o al menos tenía la sensación que cada vez que estiraba un brazo, éste se prolongaba con los brazos de las otras personas del grupo. Como si mi propio brazo se extendiera y se transformaba en un sólo gran brazo y un sólo movimiento hacia un lado, hacia delante y atrás. Antes no me había percatado de eso, sabiendo que había personas a mi lado y hacia adelante y atrás. Estaba haciendo los movimientos sola, concentrada o tratando de concentrarme en hacer bien los movimientos, pero me di cuenta que había una energía de grupo, que todos nos movíamos hacia un lado y luego al otro, y comencé a sentir y a ver a los otros como si fuéramos todos uno.

C. Goic

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